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-HADAS
EL HADA MADRINA DE PAULA
A Paula le encantaban las excursiones, era una niña muy, pero muy curiosa. Todo el día se la pasaba investigando algo, una mariposa, el rastro de un caracol, el ruido de una rama que cruje en el jardín, todo le interesaba y avivaba su ingenio. Por eso sus papás le habían regalado un laboratorio de juguete para pudiese hacer sus propios experimentos y resolver los misterios del universo.  Paula soñaba con ser una investigadora famosa, como las de las novelas de misterio y resolver los casos más difíciles. Pero su afición la llevaba a ser descuidada muchas veces y a no ver el peligro que implicaban sus pesquisas. Por eso su madre le había prohibido que se adentrara en el bosque, pues sabía que estaba encantado y que allí podría sucederle algo horrible. Y Paula le hacía caso, era una niña obediente por lo general.  Pero ese día en particular, Paula no pudo resistirse a los encantos del bosque y se metió hasta lo más profundo, siguiendo el canto extraño de un ave muy rara que había visto entrar entre los árboles. El bosque era sombrío y siniestro en su interior, realmente daba miedo, pero Paula no podía evitar su curiosidad y tuvo que seguir avanzando. Llegó hasta un claro, donde estaba el ave misteriosa y se quedó contemplándola en silencio, extasiada. Habría pasado desapercibida si no fuera que el bosque sí estaba encantado y los árboles comenzaron a gritar para alertar al ave de su presencia. 
La niña intentó huir, pero el ave era terrible y su tamaño era mayor de lo que ella había calculado cuando la vio volando. Sin dudas, estaba atrapada y nada la podía salvar de un destino terrible. Fue entonces que apareció, como salida de una película, el hada madrina de Paula, para rescatarla. El hada se llamaba Cristálida y le dio un gran sermón por su descuido: - No debiste desobedecer a tu madre, pequeña Paula.- dijo el hada. - Lo sé, no era mi intención. Es que vi esa rara ave y la seguí sin pensar. - Ese pájaro gigante se llama Andalgalornis y come carne. Tú pudiste ser su bocado de la mañana. Tuviste mucha suerte de que escuchara tus gritos y viniera a rescatarte. La próxima vez, consulta con algún adulto antes de hacer algo así. Ahora, vuelve a tu casa.  Paula regresó a su hogar sin decir palabra, había aprendido la lección muy bien y ya no cometería el mismo error. Desde ese día, comenzó a ver con más cariño a sus padres, porque pudo comprobar que en ocasiones, los límites y advertencias, son la mejor manera de cuidarnos. Autora: Andrea Sorchantes
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LOS COLORES Y LAS HADAS
Hace mucho tiempo, el mundo no era como lo conocemos ahora, no tenía color. Todo se veía gris y negro. Un día, el Hada Blanca hizo venir desde muy lejos al Arco Iris, y le dijo: Señor Arco Iris, fíjese qué país tan triste, aquí no hay color, solo hay tristeza y melancolía. ¿Le importaría que le hiciese un hechizo mágico para dar color a todo?  El Arco Iris respondió: Yo, que tengo tantos colores, no me gusta verlo todo tan grisáceo, ¡por supuesto que dejaré que me hechices! El Hada Blanca recitó un conjuro y por arte de magia comenzaron a caer gotas de color. Gotas de color rojo, amarillo, verde, azul, violeta y naranja. Todos los colores querían ayudar.  Verde miró a su alrededor y dijo: - ¡Yo pintaré los campos y los árboles, la hierba tendrá mi color y como me gustan las verduras, muchas de ellas serán verdes como yo! Y dicho y hecho, impregnó todas las cosas que había dicho con su color.  Amarillo era revoltoso y le gustaba jugar, por lo que decidió quedarse para siempre en el Sol, en los limones, en los plátanos ¡que tanto le gustaban!  Rojo el más atrevido de todos los colores, por lo que pensó que lo mejor le venía era el fuego, los tomates y las manzanas que se comía a menudo.  Naranja no quería trabajar mucho por lo que pensó que lo mejor era dar color a las naranjas con las que preparar un zumo a diario.  Azul suspiró, era el más romántico de todos. - ¡Yo estaré en el mar y en el cielo!, así siempre me admirarán, y enamoraré con mis distintos tonos de azules.  Violeta protestó, pues casi no le quedaban cosas que colorear. Dijo: - Yo, yo... puedo estar en algunas flores... no sé ya qué encontraré para pintar con mi color.

Les llevó mucho tiempo pintar el mundo, pero cuando terminaron hicieron una fiesta para celebrarlo. Todos estaban muy cansados, pero contentos ya que todo había quedado precioso, ¡tan lleno de color! Además, se dieron cuenta de que uniendo los colores se creaban otros nuevos. Verde y Azul se estaban peleando por colorear un tronco de un árbol, cuando se dieron cuenta que mezclándose formaban otro color. Ellos llamaron a este nuevo color Marrón. Los colores estaban doblemente felices.

La fiesta estaba repleta: los colores, el Arco Iris, el Sol, el Hada Blanca, pero..., ¡Un momento! A alguien se le había olvidado invitar a la fiesta a la Bruja Negra que vivía por allí cerca. De pronto, apareció en un trueno negro. Todos se asombraron y asustaron de su llegada. - ¡Hola!, le dijeron. Pero, ¿qué es esto?, ¡una fiesta sin mi permiso!, y además: ¡Qué ven mis ojos!, todo este color me horroriza. ¡Terminaré con esto cuanto antes! Alzó su varita mágica y dijo: - ¡Abra-Cadabra, que el color desaparezca con mi magia! Y dicho y hecho, todo volvió a ser gris.

La Bruja Negra se fue de allí riéndose. Todos se quedaron muy apenados y sin colores. Pero el Sol y el Arco Iris se habían escondido (el Sol detrás de una Montaña y el Arco Iris detrás de una nube) en el momento en que la bruja había pronunciado su conjuro, por lo que había encantado a todos menos a ellos dos, que seguían teniendo sus colores. 
¿Qué podemos hacer?, ¡Mira cómo ha dejado la Bruja Negra todo nuestro mundo! El Hada Blanca les dijo: - Solo hay una solución: ¡Sol!, ponte al lado del Arco Iris y da mucho, pero mucho calor!, tanto que le hagas sudar color. Así lo hizo. El Sol calentó con todas sus fuerzas al Arco Iris, rompiendo este a sudar y a sudar, llenando todo nuevamente de color.  ¡Bien, bien, viva, viva! Todo volvía a ser bonito, el prado era verde, el mar azul... ¡Era fantástico! Pero ¿y si aparece otra vez la Bruja Negra?, dijo Rojo. Ya no podrá hacer nada, respondió el Hada Blanca, porque tan solo puede utilizar su magia una vez y ya la ha usado. Nunca más podrá quitar el color. Y así vivieron todos felices y conocemos el mundo lleno de colores gracias a ellos.
 Y Colorín Colorado
La naturaleza posee sus propios "laboratorios" para fabricar colores.
Anónimo
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EL HADA DE LOS DESEOS
La pequeña Margarita estaba sentada junto al arroyuelo debajo de una florida mata de saúco. Las vacaciones, el verano, el resplandor del sol y el libro de cuentos sobre el regazo: esto constituía todo su paraíso. Pero allí, enfrente, en la casita, su madre tenía trabajo a manos llenas.  Margarita contemplaba las luminosas olas, y soñaba. De repente exclamó en voz alta: -¡Oh, yo desearía ser el hada de los deseos! Poder decir: “Madre, ¿qué quieres tú? ¡Madre dime tus deseos! Todo lo tendrás tú.” ¡Sería maravilloso! -¡Así sea! -dijo una voz a sus espaldas.  ¿Había descendido el hada del libro de cuentos? Por su aspecto, no lo parecía ciertamente. No llevaba ningún vestido tejido de rayos de sol, ni tampoco ninguna diadema en los cabellos, pero sí dos ojos llenos de bondad, aunque, claro está, un hada puede adoptar toda clase de figuras. Esta vez se parecía, sin embargo, a la anciana mujer del mensajero, con su tosca falda de lana gris. Llevaba un pesado cesto del brazo y dijo, sonriendo a la niña, al alejarse:  -Tú eres ya un hada de los deseos. Lo que ocurre es tan sólo que no has probado nunca, hasta ahora, tu poder. ¡Ve hacia tu madre! Tú puedes convertir en realidad todos sus deseos. La pequeña Margarita la contempló asombrada.  ¿No sería un sueño? Alargó los brazos, miró hacia la radiante luz del sol y exhaló luego un profundo suspiro. Después se apresuró, a grandes saltos, por el sendero de la pradera, al encuentro de su madre. -¡Madrecita! ¿Tienes tú algún deseo? -¡Oh, sí! Ve corriendo hasta la aldea y compra sal para la sopa. La niña se rió y voló montaña abajo. ¡Cuán maravilloso era poder convertir en realidad los deseos! -¡Madrecita, desea otra cosa! -rogó Margarita a su regreso. -Si alguien me pusiera la mesa, estaría yo muy contenta. Se rió de nuevo la chiquilla. Mantel y cubiertos fueron rápidamente colocados, sin olvidar tampoco los vasos ni el cestito del pan, y todo le salía tan ligero de la mano como es propio de una deliciosa hada de los deseos. -¡Y ahora, el tercer deseo, madrecita! -Niña, que no hables siempre tanto durante la comida. Papá necesita un poco de tranquilidad en las vacaciones. -¡Sea! -dijo Margarita sonriendo a la madre-. Y así fue: durante la comida no pronunció una sola palabra, si no era preguntada.  -¿Qué le ocurre a nuestra Margarita? Está completamente cambiada -se admiró el padre. -Soy el hada de los deseos -gritó, jubilosa, la niña-, y desde ahora realizaré siempre los deseos de mi madrecita. Entonces la madre, llena de alegría, juntó las manos. Miró a su hija como si la viera por primera vez. Margarita estaba junto a la ventana y los rayos solares resplandecían sobre la blonda cabellera. Toda la muchacha resplandecía. Parecía verdaderamente una pequeña hada, por lo que la madre exclamó: -¡Cuán grande es mi suerte! 
El hada de los deseos. Cuentos para chicos. Cuentos educativos infantiles. Cuentos para dormir. Cuentos de hadas. Material educativo.
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EL HADA CON MOEBIUS
En un lugar muy oculto, donde vivía mucha gente joven y buena, había un cielo tan hermoso que sus habitantes se detenían a mirar la puesta de sol. 
Era como un cofrecito de tesoros, rodeado de montañas. Se llamaba Ermua y había muchos niños corriendo por las calles, jugando con sus patines y bicicletas, comiendo caramelos, yendo al cole, haciendo pues todo lo que hacen los niños en todas las partes del mundo.  Pero Ermua tenía un secreto. Sus montañas más grandes, Oiz, Urko y Egoarbitza, eran en realidad viejos dragones buenos que se habían echado a dormir allí, para proteger a los seres mágicos que vivían en el valle de Ego. Cada vez que nacía alguien especial, en las montañas se celebraban fiestas en la noche, donde animales con luces alumbraban los salones hechos de árboles y flores. 
Todos los asistentes, seres mágicos, caballos alados, hadas, duendes, princesas y príncipes, exquisitas y bebían el néctar de las flores. Había frutas para todos y bailaban hasta quedar muy cansados.Un día, nació una niña especial, pero al hacer las invitaciones a la fiesta, se olvidaron de invitar a la bruja mala, que nadie quería.  Cuando supo de la fiesta, se enojó mucho e hizo que la niña que nació se le torciera un poquito su hermosa cara. Entonces, todas las brujas buenas, las hadas, los magos, los gnomos y hasta los viejos dragones decidieron proteger a la niña, que se llamaba Irune. Luego, desde un sitio muy lejano, que se llamaVenezuela. vino el hada niña de Moebius, que era una bailarina árabe parecida a Irune y se llamaba Susy.  El hada niña le dijo: Irune, si a ti no te importa, a nadie le importará tu cara, ni a tu familia, ni a tus amigos, mucho menos a tu hermana. Serás una niña muy feliz. Un día, cuando vayas a la montaña con tu padre, encontrarás un seta mágica. Cuando algo te salga mal, o alguien te diga algo que no te guste, cerrarás tus ojos y pensarás en esa seta, que ya tehas comido. Y al pensar en ella, recordarás solo a tu hada niña Susy y a las grandes montañas que te rodean, que ya ahora sabes que están ahí para protegerte.  Y cuando recuerdes eso, te esforzarás en olvidar lo malo que te haya ocurrido. Poco a poco lo irás haciendo mejor, y te irás haciendo experta en eso que llaman ser feliz. Así, Irune encontró su seta mágica y desde Venezuela el hada niña la reconoció y le hizo este cuento,para que no se olvide nunca que muchas personas mágicas la quieren y están con ella siempre.  Que nada te haga sufrir, pequeña Irune, que las montañas de Ermua están cuidándote y haciendote fuerte.También cuidarás a tu hermana y ella a ti. Serán como hadas gemelas. Se pintarán muy bien la carita, se peinarán y bailarán hasta el amanecer. Y por ahora patina, visita las montañas, estudia mucho, se valiente cuando vayas al doctor, lávate muy bien tus dientes, que son como perlitas,porque el hada Susy no se los lavó y luego le dolieron mucho las muelas. 
Y cuando el hada te vaya a visitar, que ya ahora no es niña sino una señora mayor, regálale una seta, que le gustan mucho.¿Cuántas niñas en el mundo tienen un cuento de hadas? No muchas Irune, pero tu si, porque eres especial. Un cuento de Susana Romero, dedicado a Irune
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EL HADA FEA
Había una vez una aprendiz de hada madrina que era mágica y maravillosa, y la más lista y amable de las hadas, pero también era un hada muy fea, y por mucho que se esforzaba en mostrar sus muchas cualidades, parecía que todos estaban empeñados en que lo más importante de una hada tenía que ser su belleza.  En la escuela de hadas no le hacían caso, y cada vez que volaba a una misión para ayudar a un niño o cualquier otra persona en apuros, antes de poder abrir la boca, ya le estaban gritando:
- ¡Fea!, ¡Bicho!, ¡Lárgate de aquí!
Aunque pequeña, su magia era muy poderosa, y más de una vez había pensado hacer un encantamiento para volverse bella; pero luego pensaba en lo que le contaba su mamá de pequeña: “ Tú eres como eres, con cada uno de tus granos y tus arrugas; y seguro que es así por alguna razón especial...”
 Pero un día, las brujas del país vecino arrasaron el país, haciendo prisioneras a todas las hadas y magos. Nuestra hada, poco antes de ser atacada, hechizó sus propios vestidos, y ayudada por su fea cara, se hizo pasar por bruja. Así, pudo seguirlas hasta su guarida, y una vez allí, con su magia preparó una gran fiesta para todas, adornando la cueva con murciélagos, sapos y arañas, y música de lobos aullando.
Durante la fiesta, corrió a liberar a todas las hadas y magos, que con un gran hechizo consiguieron encerrar a todas las brujas en la montaña durante los siguientes 100 años.   .gif)
Y durante esos 100 años, y muchos más, todos recordaron la valentía y la inteligencia del hada fea. Nunca más se volvió a considerar en aquel país la fealdad una desgracia, y cada vez que nacía alguien feo, todos se llenaban de alegría sabiendo que tendría grandes cosas por hacer.

Autor: Pedro Pablo Sacristan
Enseñanza: “Todos podemos conseguir grandes cosas, y tenemos en nosotros lo necesario para conseguirlas. No debemos darle importancia a la belleza exterior, y querer cambiar sólo por cómo nos vean los demás.”
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UN HADA CAPRICHOSA
-Maia !!! ven aquí- se escuchó un grito en medio del silencio de la tarde. El revoloteo de unas presurosas alitas, seguido de una risa contagiosa terminaron de adornar la escena. Es que en la casa de las hadas del bosque, hay una ocupación para una ocupación para cada una, Belén se encarga de darle color a las flores, Griselda del canto de las aves, Paola de las mariposas y Maia de las gotas de lluvia.  Cada mañana, las hadas revisan que todo este bien, saben que si algo falla, todo lo demás resulta perjudicado. Pero Maia es un poco rebelde y caprichosa, piensa que si las gotas de lluvia faltan un día, no le molestará a nadie, pero también cree que si llueve un poco de más, ya que algunas veces se le olvida controlar la cantidad de agua que cae, no hará mal a la naturaleza. Antes de trabajar, Maia prefiere salir a volar y explorar el bosque, es por ese motivo que sus compañeras tienen que estar controlándola.  Pero un día, Maia aprendió una gran lección que espero no se le olvide nunca más. Iba el hada volando entre unas flores de jazmín, sin preocuparse por nada, como siempre se había olvidado de dejar caer algunas gotas de lluvia sobre el bosque; Como estaba cansada de volar, ya que lo había hecho toda la mañana, se recostó dentro de una flor y se quedo profundamente dormida.  Mientras tanto, en el bosque flores, plantas y animales, empezaron a notar la falta de agua; Todas las hadas buscaban a Maia, ya que si la lluvia no venia pronto, toda la vida a su alrededor se perdería. -Creo que ya dormí mucho- dijo el hada caprichosa, -regresaré al bosque a comer algo. Pero al ir acercándose a su casa, vio con espanto que todo lo que antes tenía color y vida ahora estaba apagado y seco.
 Fue en busca de sus amigas, pero las encontró desmayadas, por mas intentos que hizo para despertarlas, no lo logró. Maia se sentía triste, sabía que todo lo que estaba pasando era culpa de ella, por ser caprichosa y rebelde. Se sentó sobre un tronco y comenzó a llorar, sola y desdichada, sus lagrimitas caían al piso en forma de lluvia; Así quedo un rato la triste la hadita, cuando se dio cuenta de algo maravilloso…Todo a sus pies renacía.
 Por supuesto- dijo –como no lo pensé antes, y dando un salto se puso de pie y grito, -AGUA DE VIDA, LLUVIA MARAVILLOSA, HAS QUE EN EL BOSQUE BRILLEN TODAS LAS COSAS. En ese momento, como por arte de magia, gotitas de lluvia comenzaron a caer, haciendo renacer a todo aquello que tocaba.   Al sentir nuevamente la vida en el bosque, una a una las hadas comenzaron a despertar. Desde ese día Maia dejo de ser caprichosa y rebelde, y aunque aun disfruta volar por el bosque, ahora lo hace cuando termina de cumplir sus tareas.  Fin Escritora argentina
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LA CAZADORA DE MARIPOSAS
Hace muchísimos años, vivía en los alrededores de Buenos Aires, una familia acaudalada poseedora, entre otras fincas hermosas: de un jardín que parecía de ensueño. En él había macizos de cándidas violetas, escondidas entre sus redondas hojas; olorosos jazmines blancos; rojos claveles, como gotas de sangre; altaneras rosas de diversos colores, pálidas orquídeas de imponderable valía; grandes crisantemos y moradas dalias que recordaban a países remotos y pintorescos.  Es natural que, al abrirse tantas flores de múltiples coloridos y perfumes, existiera también la corte de insectos que siempre las atacan, para alimentarse con sus néctares o simplemente para revolotear entre sus pétalos. De día, el jardín era visitado por miles de bichitos de variadas especies, entre los que sobresalían las mariposas de maravillosas alas azules, blancas,doradas y de todos los colores.  Pero estos hermosos lepidópteros tenían un gran enemigo que los perseguía sin tregua y con verdadera saña y sin ninguna finalidad práctica. Este enemigo era la hija del dueño de casa, llamada Azucena, como cierta flor, pero menos pura que ésta, ya que no se conmovía ante la belleza y la fragilidad de las pobrecitas mariposas, y con su red, en forma de manga, las cazaba para después pincharlas sin piedad con alfileres y colocarlas en sendos tableros, donde las coleccionaba, por el sólo placer de mostrar a sus amistades el curioso y cruel museo.  Cierta noche, después de una fructífera caza, Azucena soñó con el Hada del Jardín. Esta era una mujer blanca, como los pétalos de las calas, de cabello dorado como la espuela de caballero y de ojos celestes como los pequeñas hojas de las dalias. Vestía un manto soberbio de piel de chinchilla, adornado con flores de lis hechas de láminas de oro, y su mano derecha sostenía una vara de nardo en flor, que derramaba sobre el jardín una pálida luz como la reflejada por la luna.
 Su corte era numerosa, y tras el hada, en disciplinadas filas, llegaban toda clase de insectos, abejas, escarabajos, grillos, mariposas, avispas, cigarras, hormigas y miles de otras especies, que en perfecto orden, caminaban a paso de marcha, portadoras de armas de los más variados tipos.   El hada se acercó a la cama de la cruel niña y luego de tocarla con la olorosa vara de nardo, le dijo con su voz suave como la brisa del jardín: - ¡Azucena! ¡Tú eres una niña educada y de buen corazón! ¡Tus crueldades para con algunos hermosos habitantes de mis canteros, son producto de tu inconsciencia! ¡Todos los animalitos de mis dominios son buenos e inofensivos y llegan hasta mis flores para alimentarse y embellecer mi reino! ¡No les hagas daño! ¡Tú eres una enemiga despiadada de mis mariposas! ¡Las persigues y las matas entre los más atroces suplicios! ¿Qué te han hecho ellas? ¡Nada! ¡Su único pecado consiste en ser bellas y tener alas de divinos colores! ¡Piensa que son hijas de Dios, como tú y como todo lo creado, y desde mañana debes dejar de perseguirlas y ser amiga de todo lo que existe en mi hermoso jardín! - Hada divina -respondió la niña.- ¡Tus mariposas son tan bellas que yo deseo coleccionarlas para enseñárselas a mis amigas! - ¡Tú eres también bella! -le respondió el hada,- pero no te gustaría que, por serlo, alguien te hiciera sufrir y te matara pinchándote en la pared.
 - ¡Oh, no! -contestó la niña asustada. - ¡Pues bien! ¡Lo que no quieres para ti, no lo hagas a los demás y seguirás tu vida feliz y contenta, querida por todos y bendecida por los inofensivos animalitos de mis dominios! La pequeña Azucena prometió enmendarse, jurando no perseguir más a las multicolores mariposas, pero a la mañana siguiente, en presencia del follaje que le brindaba mil placeres, olvidó las palabras del hada y prosiguió su incansable persecución de tan encantadores lepidópteros.  La noche siguiente soñó algo que la llenó de miedo. Estaba en presencia de un tribunal de insectos, en medio de un macizo de violetas, presidido por el hada que dominaba el cuadro, sentada sobre un sillón de oro, adornado con varas de nardo y tapizado con pétalos de rosa. El acusador era el grillo, que agitaba sus élitros como un loco, señalando al aterrorizado reo. - Esta mala niña -decía el grillito,- no ha hecho caso de los ruegos de nuestra hada. Desde hace mucho tiempo persigue a nuestras amigas las mariposas, que embellecen el jardín con sus maravillosas alas multicolores. Sin piedad, llevando en sus crueles manos una gran red para cazarlas, las mata entre los más atroces suplicios que, si se cometieran entre los humanos, levantarían un clamor por el crimen y la alevosía. El reo tiene en su contra el haber sido perjuro. Un griterío ensordecedor apagó la vibrante voz del grillo. Éste continuó:  - ¡El reo, he dicho, es perjuro, ya que ha cometido la enorme falta de engañar a nuestra reina, la hermosa y buena Hada del Jardín! - ¡La muerte! ¡La muerte! -aullaban los insectos. El hada levantó su vara de nardo e impuso silencio. - ¡Debe de pagar sus culpas, con la peor de las penas -terminó el acalorado acusador,- y por lo tanto, solicito del tribunal que me escucha, la de muerte, para la niño mala y cruel! Las últimas palabras del grillo, produjeron un verdadero alboroto y todos los animalitos gritaban en sus variadas voces, solicitando un ejemplar castigo, ante el terror de Azucena que contemplaba todo aquello, atada a un árbol y vigilada por cien abejas de puntiagudos aguijones. Una vez hecha la calma, se levantó el defensor, un escarabajo cachaciento y grave que comenzó diciendo:
 - Respetable tribunal. ¡Francamente no sé qué palabras emplear para defender a tan temible monstruo que asola nuestro querido país! ¡Su majestad, nuestra hada, me ha designado para que defienda a esta niña mala y no encuentro base sólida para iniciar mi defensa! ¡Sólo sé decirles, que esta criatura, como ser humano de pocos años, quizá no tenga aún el cerebro maduro para reflexionar en los graves daños que comete y persiga a nuestras mariposas con la inconsciencia de su corta edad! ¡Pero… creo que no es ella la única que ha faltado a sus deberes de la más simple humanidad, sino sus mayores, que han descuidado conducirla por el buen camino y hacerle ver con suaves palabras que martirizar a los débiles es un pecado que ni el mismo Creador perdona! ¡Por lo tanto, solicito seáis clementes con ella!
 Acallados los silbidos y los aplausos motivados por la feliz peroración del escarabajo, mucho más elocuente que la de algunos mortales que llegan a altas posiciones, se reunió el tribunal para deliberar sobre el castigo que merecía tan despiadada muchacha. Breves momentos después, el ujier, que para este caso era un alargado alguacil, leyó gravemente la sentencia… “¡La niña Azucena, será condenada a sufrir los mismos martirios que ella ha impuesto a las indefensas mariposas!” Una salva de atronadores aplausos se siguió a la lectura y los insectos todos, ante la orden del hada, se encaminaron a sus respectivas tareas, ya que las primeras claridades del día anunciaban bien pronto la llegada del sol.
 Azucena, aquella mañana se levantó del lecho algo preocupada con el sueño, pero ante la presencia de los padres y con la confianza que inspira la luz, olvidó la pena impuesta por los insectos y reinició la cruel cacería con la temible red, que no paraba hasta atrapar los hermosos lepidópteros. Pero la fría cazadora no contaba con la ejecución de la sentencia del tribunal nocturno. No bien comenzó su inconsciente persecución, fue atacada por un verdadero ejército de miles de abejas y de avispas, qué bien pronto convirtieron la cara de la muchacha en algo imposible de reconocer por el color y la hinchazón.      En vano la infeliz gritaba pidiendo socorro y tratando de defenderse de tan brutal ataque. Las abejas y avispas, poseídas de un ciego furor, continuaron su obra hasta que la niña, casi desvanecida, fue sacada de tan difícil situación por los padres, que inmediatamente la condujeron a su habitación para hacerle la primera cura de urgencia. Azucenita, tardó varios días en mejorarse de tan terribles picaduras y cuando volvió a su jardín recordó la dura lección de los insectos y nunca mas volvió a cazar mariposas ni cometer actos de crueldad con los indefensos animalitos de los dominios de la hermosa hada, que tan bien la había aconsejado.

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