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-NATURALEZA
EL HOMBRE HA PISADO LA TIERRA
 Durante muchísimo tiempo, la tierra fue un lugar apacible donde existían en armonía animales de distintas especies, hasta que todo cambió. Hace dos millones y medio de años, apareció un pequeño animal belicoso, un mamífero de dos patas y sin pelo que vino a revolucionarlo todo. Este animal se parecía mucho a los monos, con los cuales compartía antepasados. A pesar de sus desventajas físicas, la nueva especie era muy laboriosa y estaba constantemente en movimiento en busca de su alimento. Esta nueva raza era el Hombre, que vino a cambiar la historia del planeta.  El Hombre era rápido para aprender y tenía mucho ingenio, fue así que pasó en poco tiempo, históricamente hablando, de vivir en las cuevas que encontraba en la naturaleza a construir su propia habitación. A medida que inventaba nuevos artefactos, su vida mejoraba y se reproducía más. De este modo, pronto hubo hombres viviendo en todos los rincones del planeta, incluso los más inhóspitos, como los desiertos y los polos.  Pero los artefactos del hombre no siempre eran buenos para el resto de los habitantes de la tierra, incluso para las plantas. Muchos de sus inventos mataban especies animales y vegetales, y conforme pasaba el tiempo, los desechos y la contaminación iban cubriéndolo todo. Un buen día se dieron cuenta de que estaban matando al planeta y que si no se detenían, toda la vida sobre la tierra desaparecería. Se reunió el gran consejo humano para decidir qué hacer respecto a lo que ocurría, pero no se pusieron de acuerdo. Unos decían que se detuviera toda la producción de materiales contaminantes, sin importar el costo que tuviera, otros decían que se debía pensar primero en la sociedad humana y su bienestar. Pero se olvidaban que la sociedad humana vivía gracias al planeta.  Tanto desacuerdo los llevó a una gran guerra y la guerra terminó de destruir lo poco que se iba salvando. El planeta tierra quedó envuelto en una enorme nube negra, a oscuras completamente. Bastaron apenas unos días para que los humanos se dieran cuenta de su gran error. Las plantas, los animales, todo moría por millones, también los hombres. Fueron tres terribles meses, hasta que ya no quedó nada. Los hombres habían olvidado lo que los animales siempre supieron. No debes tomar del planeta más de lo que necesitas para vivir, así te asegurarás de permitirle regenerar sus recursos y siempre tendrás bienestar.  Autora: Andrea Sorchantes.Escritora Uruguaya Valor del cuento“El hombre ha pisado la tierra” es un cuento que nos habla sobre lo que podría pasarnos si no tomamos conciencia sobre el cuidado del planeta. Busca enseñarnos el valor de la naturaleza y la importancia de su cuidado. 
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EL HADA DE LA NAVIDAD

Esta historia ocurrió en Belén, justo el día en que nació el niño Jesús: Muchos eran los seres mágicos que se engalanaban para asistir a un evento tan importante. Los unicornios hacían brillar sus cuernos, el fénix lucía un hermoso color rojo, los ogros parecían menos ogros, los duendes se vestían con preciosos trajes verdes, las hadas ayudaban a los pastorcitos a arreglar al ganado y a los árboles a adornarse con bellas flores.  Los Reyes Magos eran ayudados por los elfos a cargar los camellos de Melchor, los caballos de Gaspar y el elefante del rey Baltasar. Las sirenas inventaban bellos villancicos.
 Sin embargo, había un pequeño ser que no embargaba tanta alegría. Era una pequeña niña, del tamaño de un pulgar, que lloraba triste . El ángel que anunciaría el nacimiento del niño Dios, la oyó llorar y le preguntó:
 -¿Que te pasa, pequeña?, ¿por qué lloras tan desconsolada?
Y la niña le contestó:
- Dios me encargado que le busque un regalo para el niño y no sé que puedo hacer. No tengo magia, no sé volar, no puedo hacer nada.
- Si Dios ha confiado en ti, es porque puedes hacerlo.- Le contestó el ángel.
La niña sonrió y dijo:
- Aunque nada soy, corazón tengo y prometo que intentaré hacerle un regalo al niño.
El valor y la voluntad que vio el ángel le conmovió y le regaló a la niña una de sus plumas doradas. Cuando la niña la cogió, la pluma desapareció y le brotaron dos preciosas alas.
Merina, que así se llamaba la niña, echó a volar muy contenta y los brillos que salían de sus alas, se convirtieron en estrellas. Así pues, un hermoso cielo estrellado, se iluminó justo cuando nació el niño.
No contenta con esto, el hada fue a buscar un cascabel y un palito y con su nuevos poderes mágicos los convirtió en un juguete para el niño: su primer sonajero. Este nuevo juguete sirvió a María para entretener al niño, cuando el pequeño Jesús lo agitaba, salían miles de estrellas. Y con ayuda de los demás seres mágicos, adornaron todos los pinos del lugar con guirnaldas y bolitas de colores.
 Así pues, todos los seres mágicos y no mágicos, adoraron al niño, le dieron sus regalos, y bautizaron a aquella niña con tanta voluntad, como el Hada de la Navidad. Ella es la que se mete en el sueño de los niños, regalándoles dulces cuentos, y la que cuida y protege a todos los niños del mundo.
 Es la protectora y la que, convertida en estrella, guía todos los años, a los Reyes Magos, casa por casa, donde hay niños.
Autora: Miren Sagrario Vidondo Pérez.
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LA FLOR AVENTURERA
Con el otoño llegó el viento, llegó el frío, y la amapola se durmió. Las golondrinas se fueron a pasar el invierno a lugares más cálidos. 
Los días eran más cortos, las noches eran más largas y todo el campo se preparaba para el reposo. Las mariquitas también se preparaban para el gran sueño buscando un lugar donde esconderse. 
Incluso el caracol se metía en su concha para no salir en bastante tiempo. Pero la margarita era muy curiosa y quería saber cómo era la nieve, así que decidió hacerse la dormida cuando el hada del sueño la tocó con su varita mientras decía: 
¡Dormid, dormid, florecillas, margaritas, amapolas, gitanillas, dormid, dormid, dormid! Dulcemente se acurrucaban entre la hierba, que también se desmayaba por la fuerza del viento. La margarita, como no estaba acostumbrada a esta temperatura tan baja, empezó a temblar a la vez que pensaba: - «¡Ay, ay, qué frío, qué viento! ¿Qué haré para abrigarme?» Buscó con la mirada a unas hojas de castaño y les pidió que la taparan, pero ellas le dijeron: 
—No podemos servirte de abrigo, debemos ir donde el viento nos lleve, pero puedes pedirle al helecho que te tape un poco para que te pare el viento, y al musgo le puedes pedir que te haga un lecho verde alrededor del tallo.
 Las hojas de castaño la miraban asombradas y le preguntaron: —Pero… ¿por qué no te has dormido como las otras flores cuando pasó el hada?
La margarita les contestó: —Siempre he querido conocer la nieve y he decidido quedarme hasta que la vea. —Muy bien, tú sabrás lo que haces, pero es muy peligroso. La margarita temblaba, un poco por el frío y otro poco por el miedo, pero había tomado una decisión y no se iba a volver atrás. Mientras la nieve se acercaba conoció cosas que nunca había visto antes, como las setas.
 Conoció un tiempo donde el sol se acostaba temprano, un tiempo que se le hacía eterno, pues sus amigas dormían desde que pasó el hada con su varita. El jardín y el huerto estaban casi dormidos pero no del todo. Tampoco había silencio porque las urracas no paraban de meter ruido. Los gorriones, los herrerillos, los petirrojos y los mirlos hacían compañía a la margarita. Un día los pájaros del jardín se reunieron a comentar el caso de la margarita. 
La veían triste y temblorosa, en parte por el frío que estaba pasando y en parte por el miedo de no saber lo que le esperaba. Decidieron hablar con ella.
—¡Hola, margarita! Queremos saber por qué no te has ido del jardín a dormir con las otras flores.
—¡Hola, amigos! Desde hace días os escucho y me acompañáis. Yo sé que vosotros conocéis bien el invierno, pero yo nunca he visto la nieve y he decidido esperar a que llegue. Me han dicho que es preciosa…
—Sí, es muy bonita, pero para ti podría ser peligrosa. Si te cae mucha nieve encima, tu tallo se puede romper. Además, te tapará y no podrás ver el sol y, sin el sol, morirás, ¿verdad?

—Sí, creo que sí. Por eso tengo miedo: por un lado estoy deseando verla y por otro lado no deseo que llegue… Los pájaros sintieron lástima de la pobre margarita y se pusieron a pensar en la manera de poder ayudarla. Seguía tiritando de frío aunque menos que antes, porque el helecho la protegía del viento y el musgo rodeaba su pequeño tallo, como si fuera una alfombra. Mientras pensaban no se imaginaron el susto que la pobre iba a recibir.

De pronto, muy cerca de donde estaba, un montón de tierra salió volando por los aires.
—¿Quién anda ahí? —preguntó la margarita, asustada.
Justo delante de ella una pequeña nariz asomó desde un agujero.
—Soy el topo, y tú, ¿quién eres?
—Soy la margarita.
—¿Tú qué haces por aquí? Tenías que estar dormida.
—¿Y tú? Menudo susto me has dado…
—Lo siento, pero cuando veas un montoncito de tierra sabrás que estoy por aquí y no te volverás a asustar.

La margarita iba de sorpresa en sorpresa. ¡Cuántas cosas pasaban en el otoño! Una tarde, el cielo se cubrió de un extraño color gris plomizo y en seguida empezaron a caer copos de nieve.
La margarita se quedó inmóvil contemplando las estrellitas blancas que caían del cielo.
El helecho gritó:
—¡Es la nieve! ¡Es la nieve! Y en ese momento supo que su sueño se había cumplido.

Todos los pájaros del jardín –gorriones, herrerillos, petirrojos, mirlos, incluso las urracas– se acercaron a ella y la taparon con sus alas abiertas, dejándole un huequecito por donde la margarita pudo ver cómo se cubría de blanco todo el jardín.
—Ahora duerme, margarita —le dijeron todos—.En primavera, cuando despiertes, podrás contar a todas tus amigas cómo es la nieve, pero ahora duerme, duerme…
 La margarita ya no sintió miedo, cerró los ojos, llenos de imágenes blancas, se tumbó suavemente sobre el lecho que el musgo le había preparado y se quedó dormida. Begoña Ibarrola Fin
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DIOS ES COMO EL AZÚCAR
 Cierto día, la profesora, queriendo saber si todos habían estudiado la Lección solicitada, preguntó a los niños quién sabría explicar quién es Dios. Uno de los niños levantó el brazo y dijo: - Dios es nuestro padre. El hizo la tierra, el mar y todo que está en ella; nos hizo como hijos de Él. La profesora, queriendo buscar más respuestas, fue más lejos:  - ¿Como saben que Dios existe, si nunca Lo han visto? La sala quedó toda en silencio. Pedro, un niño muy tímido, levantó la mano y dijo: - Mi madre me dijo que DIOS ES COMO EL AZÚCAR en mi leche que ella prepara todas las mañanas. Yo no veo el azúcar que está dentro de la taza en medio de la leche, pero si ella me lo saca, queda sin sabor. 
Dios existe, y está siempre en el medio de nosotros, solo que no lo vemos. Pero si Él no está, nuestra vida queda sin sabor. La profesora sonrió y dijo: - Muy bien, Pedro, yo les enseñé muchas cosas, pero tú me enseñaste algo más profundo que todo lo que yo ya sabía. Yo ahora sé que Dios es nuestro azúcar y que ESTÁ TODOS LOS DÍAS ENDULZANDO NUESTRA VIDA. 
Le dio un beso y salió sorprendida con la respuesta de aquel niño. La sabiduría no está en el conocimiento, pero sí en la vivencia de DIOS en nuestras vidas, pues teorías existen muchas, pero dulzura como la de DIOS no existe todavía, ni en los mejores azúcares. Te deseo un excelente día y no te olvides de colocar 'AZÚCAR' en tu vida. QUE DIOS TE BENDIGA Y ENDULCE SIEMPRE TU VIDA Edith-Rodriguez
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EL ÁRBOL QUE QUERÍA HACER MÚSICA
De pronto, un día como cualquier otro, salió a la luz. Se enfrentó de tajo a los rayos del sol: cegadores, intensos, pero también tibios y reconfortantes. Brotó bostezando, con un bostezo largo de aburrimiento, de tedio y de resignación. Tanto estiró sus ramitas que alcanzó a empujar la tierra y logró salir un poco. 
Al sentir el aire en la punta de sus hojas se quedó quieto y temeroso. No duró mucho su timidez, pronto se acostumbró a ese nuevo panorama. En cuanto se repuso del golpe cegador del sol, miró con detenimiento ese nuevo mundo. Por vez primera, se fijo en el azul profundo del cielo y en las nubes acolchonadas que forman figuras al desplazarse con el aire.   
Vio muchos seres como él, algunos con flores de colores, otros grandes y robustos, pero todos quietos, en silencio, como si no fueran conscientes de la belleza que les rodeaba.Que diferente es aquí arriba- pensó- Bajo la tierra todo es húmedo, gris, apretado y callado. Con un silencio que lastima. 
Se sorprendió cuando un gusano detuvo su andar para observarlo, siguiendo su camino unos segundos después con indiferencia. En seguida, conoció a las mariposas con sus alas maravillosas revoloteando traviesas y curiosas.  Lo que más le impactó hasta quedar sin aliento, fueron los pajarillos. Primero sintió temor de ser aplastado, cuando uno pequeño llegó brincoteando cerca de él. Más, en cuanto abrió las alas y levantó el vuelo, se tranquilizó. Fue una visión majestuosa y espectacular.  Apenas estaba recuperándose de esta impresión, pensando que esto era lo mejor y más esplendido que existía en el mundo, cuando el plumífero amigo se posó en lo alto de un árbol y comenzó a cantar…¡Qué espectáculo tan fantástico! Los trinos de la avecilla eran armoniosos y delicados, hermosos.  Tanto, que la pequeña plantita sintió como se estremecía hasta su última raíz, provocando con ello que sus tímidas gotitas de rocío, humedecieran la tierra que lo sostenía.Contagiada por el derroche de belleza y deseando unirse al concierto, levantó con emoción sus 3 ramitas, haciendo un descomunal esfuerzo para emitir un sonido igual al de aquella criatura celestial, solo consiguió que con la sacudida una de sus hojitas se desprendiera de él. ¡Era inútil!. No tenía voz. 
Fue tanta su tristeza y frustración que a partir de ese momento, solo sintió melancolía. Comenzó a lamentarse por ese triste destino que lo obligaba a vivir anclado al frío cobijo de la tierra sin tener movimiento, ni voz, ni alas.Las otras plantas y árboles, al percatarse de lo que le sucedía, se burlaron de manera cruel. Lo llamaron loco e insensato, le hicieron ver que al pertenecer al reino vegetal, como ellos, lo único que podía esperar de la vida era crecer en ese metro cuadrado de tierra y permanecer ahí años y años, tal como correspondía a su calidad vegetal.  Pero él no podía resignarse a vivir inmóvil mirando todo cuanto le rodeaba, veía su vida absurda sin sentido ni destino. No entendía por qué Dios lo había hecho parte de su creación siendo solo una insignificante planta. 
Encontraba consuelo a su desdicha en los pajarillos que iban y venían, a los que amaba entrañablemente; cuando oscurecía y la luna salía a iluminar el paraje en esas noches frías; el sentir el viento correr entre sus ramas era todo un placer, se quedaba arrobado escuchando el soplido silbante como un susurro que lo hechizaba; igual estaba la lluvia, no había ningún evento comparable a aquel en que todo comenzaba con las gotas cayendo pausada y rítmicamente: “plip – plas” con esa cadencia acompasada, uniforme, que iba aumentando de velocidad conforme avanzaba la tormenta, momento en que los truenos se unían avasallantes con su enérgica voz . Sin faltar en aquella sinfonía el viento con su efímero canto.
 Levantaba sus hojas que bailaban contentas en esa danza sin fin. Adoraba esa composición creada por la naturaleza con tal maestría logrando un efecto violento, fuerte, apasionado y ensordecedor, para luego, bajar la intensidad mientras los sonidos de los truenos se iban apagando junto con el viento que empezaba a callar hasta que solo permanecía ese “plip – plas” de las gotas que paulatinamente continuaban con su “Plip – plas… plip – plas” hasta que todo quedaba en medio de una calma total.  Y así, casi sin darse cuenta creció y creció hasta que llegó a ser un gran árbol frondoso y fuerte. En su interior, continuaba suplicando a Dios consuelo, soñando sin esperanzas, sin doblegarse ante las burlas de los otros que seguían mirándolo con lástima. 
Una mañana, varios hombres llegaron montados en artefactos ruidosos y feos, que hacían al caminar un sonido plano y recurrente. Todas las aves, levantaron el vuelo presurosas, llenas de pánico. Bien sabían lo que sucedería después, lo habían vivido tantas veces, en esta ocasión, prefirieron huir, pues amaban al árbol noble y hospitalario que siempre estaba dispuesto a darles un refugio cálido entre sus ramas y hojas verdes, ahora presentían ese final tan doloroso.  Los hombres ignorando la angustia de los animales del bosque, luego de examinar cada uno de los árboles que ahí se erigían, sacaron extraños aparatos cuyo ruido era ensordecedor, terrible, comenzando a talarlo a él, sin que el pobre pudiera hacer nada para evitarlo, y sin entender por qué lo estaban dañando de esa manera, fue sintiendo cómo el metal penetraba en su tronco, causándole un dolor intenso.  Los demás árboles crueles, comenzaron a injuriarlo, a reírse de él:-Mira tonto, a donde te llevaron tus sueños vanos- le gritó un roble -Bravo, se llevan al loco- aplaudió el nogal -¿Qué no ves que hace música?- dijo un pirul. Todos comenzaron a carcajearse sin piedad, mientras el árbol aterrorizado sintió crujir su centro con dolor, desplomándose inevitablemente sintiendo cómo sus ramas se rompían con el impacto de la caída.  Terminada la tarea, los hombres lo subieron en los transportes de canto monótono, plano y se lo llevaron para siempre de ahí. Desconcertado, pensó que aquello era su fin, terminaría secándose y moriría. Era tanta la tristeza que lo embargaba que todo se oscureció de pronto y ya no supo nada más de él.Cuando volvió en si, un hombre de ojos bondadosos estaba frente a él mirándolo, igual que los pájaros, comenzó a cantar mientras lo veía, con un sonido semejante al canto del viento. 
-Silba como el aire, pero armoniosamente como un pájaro- se dijo. Entonces supo que estaba a salvo con él. Tito, que era el nombre de aquel individuo bonachón, pasó una mano sobre el tronco mutilado, comenzó a acariciarlo mientras continuaba silbando.¡ Que suave se sentía aquello!. Y sin pensarlo más, se lo llevó con él. 
Pronto supo que aquello era la música que creaban los hombres, escucharla lo relajaba y le brindaba sosiego, además, Tito comenzó a untar aceites aromáticos sobre su tronco, que lo hacían sentir fuerte a pesar de estar separado de sus raíces. Por las mañanas lo sacaba al sol, cubriéndolo con una suave y cálida manta por las noches. Mientras trabajaba en él, le susurraba cariñosas frases, haciendo que el árbol sintiera que había valido la pena lo sucedido a cambio de haberlo conocido. 
Pasaron unas semanas, Tito lo lijó con firmeza y esmero, lo cortó, armó, pegó con cuidado y atención, le hizo algunas perforaciones que dolieron sólo al principio, después rellenó con pequeñas piezas de chapa de oro. Al final, lo barnizó, dibujo sus líneas, le untó aceite, grabó su firma al reverso, lo dotó de cuerdas al frente y lo guardó. Tomó otra madera finamente trabajada, aparentemente una vara frágil pero que en realidad era firme, tensó algunas cerdas unidas en sus extremos. 
Al quedar satisfecho, lo guardó con sumo cuidado en una caja aterciopelada, acojinada, muy cómoda y confortable, mientras le hablaba de una vida nueva llena de música y armonía. Ahí permaneció pacientemente por un buen tiempo, aguardando lo que estaba por venir, después de tanto ajetreo y cambios imprevisibles, hasta que, al igual que aquella mañana de primavera, vio por fin la luz, se estremeció cuando sintió sobre él las manos delicadas, hábiles de un hombre barbado y gentil que lo examinaba admirado.  Con sumo cuidado y respeto, lo colocó sobre su hombro aprisionándolo con la barbilla, lo cobijó con su brazo y acercó el arco para hacer que lo inaudito sucediera. De manera increíble al deslizar las cerdas de la vara por las cuerdas que Tito le había colocado, el sonido más bello y armonioso que jamás había escuchado salió… de él mismo… ¡Qué prodigio!. 
Pero ¿qué había pasado? Si meses antes estaba enclavado a la tierra, inmóvil, con un destino que no lo hacía feliz, descontento con su situación de ser un cuerpo sin posibilidades de movimiento, inútil, mudo…añorando la venida de las aves, o del viento, o de la lluvia o de cualquier cosa que tuviera sonido, y ahora … de él salían esas armoniosas notas, de su alma brotaba todo aquello que deseaba expresar, de una manera sublime. ¿Qué tenían las manos de aquel hombre que con sus movimientos lograba esas cadencias, ritmos y tonalidades haciendo que de él saliera ¡MÚSICA!.  A partir de ese día, el hombre barbado, llamado Ramses, y él fueron inseparables. El antiguo árbol trataba de entregarle sus mejores sonidos, y al mismo tiempo, se dejaba llevar por esas manos mágicas que lo guiaban y que a través de los vibratos lo hacían temblar de gozo y exaltación. 
Ciertamente, nunca tuvo las alas de los pájaros, ¡no hicieron falta!, con su nuevo compañero recorrió el mundo, participó en soberbios conciertos y recitales magníficos en los escenarios más bellos, en los tablados más prestigiados, en las coloridas plazas de los pueblos, en la paz de las iglesias, en el típico kiosco de muchas plazas, en cada teatro soberbio o modesto. Supo de ese sonido rítmico parecido a la lluvia pero que no moja ni provoca humedad: el de los aplausos eufóricos y cálidos que lo estremecían.  Nunca olvidó su paraje ni su condición de árbol. Cada noche, después de haber sonado incansablemente, cuando lo depositaban en su estuche, decía una oración por las aves que lo introdujeron a la música, por Tito el laudero milagroso y bueno que lo ayudó a cumplir sus ilusiones, por Ramses, el compañero inseparable que le daba vida con sus manos virtuosas y que lo guiaba magistralmente para transmitir todo lo bueno que había en su alma en esa música lánguida y dulce que resonaba con el tañer de sus cuerdas, en donde se presentaban.  El árbol que quería hacer música, vivió para hacer música y a través de la mirada amorosa de los que se aman, del pequeño que con entusiasmo grita, aplaude y baila, del anciano que se pierde en sus recuerdos evocando esa melodía que no escuchaba desde su perdida juventud, lleno de arrobamiento, con un llanto feliz que suena a bemoles y sostenidos piensa en que no importa cuan desierto ni desalentador parezca el panorama, solo se requiere tener un sueño verdadero, desear fuertemente con paciencia y sin doblegarse ante los que dudan, para que todo aquello que anhelamos se haga realidad.  Cuentos Educativos Fin
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