Érase una vez en un país lejano y cercano, un violín viejo y destemplado -que sepultado al fondo de un armario- vivía sus horas más amargas, olvidado del viento y de unas manos que supieran extraer como antaño, sus más hermosas melodías. Sucedió que un día, el armario crujió y de pronto, una de sus puertas quedó apenas entreabierta, lo suficiente, para que un gusano lento y despistado, se colase por ese espacio, deteniéndose justo a la entrada del agujero que una polilla había abierto en el estuche de cuero que le contenía, más a modo de tumba que de casa.

El gusano -en busca de acomodo- encontró aquella apertura interesante y por ella se deslizó sin pensárselo. Trepó y trepó hasta encontrar en la caja de resonancia, un lugar cómodo y agradable donde cobijarse y ahí, sin saber cómo, empezó a construirse un albergue, confortable y cálido.

El violín estaba confuso y asombrado., sentía que un copo de vida le habitaba en las entrañas…y aun cuando todo aquello era del todo extraño, se decidió a servir de nido para aquella criaturita extraviada. No habían pasado ni dos horas, cuando todo un mar de ruidos invadió la estancia donde se encontraba el armario.

Sus puertas ahora se abrieron de par en par y unas manos, pequeñas y blancas lo transportaron a un jardín luminoso, donde por primera vez en décadas, el violín pudo sentir la suave caricia del viento oscilante, paseándose por cada una sus cuatro cuerdas y el calor de sol, envolviendo su menudo cuerpo. El violín estaba encantado.

Reconoció los ojos que lo observaban, las manos que por años no lo sostuvieron y reconoció en ese par de ojos y ese par de manos, el dulce ímpetu y la pasión añorada, la música dormida en su sueño alado. Un anciano acariciaba su piel rota, tembloroso e inestable, derramó una lágrima que fue a parar directamente al capullo que había formado el gusano, oculto en las tripas del viejo violín destartalado. El viejo, que vivía de recuerdos como su violín destemplado, aun soñaba con la música perdida y mágica que volviera a darle vida; por lo que afinándolo, se lo entregó con todo el amor que pudo expresar a su pequeña nieta de ocho años.

La pequeña, una niña tímida y dulce, comenzó a tocar, también tímida y dulcemente, una hermosa melodía, en un instante, dejándose arrastrar por la emoción, llena de arrebato y dulzura, ocurrió nada más que lo que tenía que ocurrir: la música despertó al viejo, la música despertó al violín y la música despertó a la mariposa, que antes fue gusano en el.
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