http://20six.de/titania
powered by 20six.de
|
|
EL PAYASO DESCUIDADO
Había una vez un payaso llamado Limón. Era muy divertido, pero también muy descuidado, y con casi todo lo que hacía terminaba rompiéndose la chaqueta, o haciéndose un agujero en el calcetin, o destrozando los pantalones por las rodillas. 
Todos le pedían que tuviera más cuidado, pero eso era realmente muy aburrido, así que un día tuvo la feliz idea de comprarse una máquina de coser de las buenas. Era tan estupenda que prácticamente lo cosía todo en un momento, y Limón apenas tenía que preocuparse por cuidar las cosas.  Y así llegó el día más especial de la vida de Limón, cuando todos en su ciudad le prepararon una fiesta de gala para homenajearle. Ese día no tendría que llevar su colorido traje de payaso, ese día iría como cualquier otra persona, muy elegante, con su traje, y todos hablarían de él. Pero cuando aquella noche fue a buscar en su armario, no tenía ni un solo traje en buen estado. Todos estaban rotos con decenas de cosidos, imposibles para presentarse así en la gala. Limón, que era rápido y listo, lo arregló presentándose en la gala vesido con su traje de payaso, lo que hizo mucho gracia a todos menos al propio limón, que tanto había soñado con ser él por una vez el protagonista de la fiesta, y no el payaso que llevaba dentro... Al día siguiente, muy de mañana, Limón sustituyó todos sus rotos trajes, y desde entonces, cuidaba las cosas con el mayor esmero, sabiendo que poner un remedio tras otro, terminaría por no tener remedio.  Autor.. Pedro Pablo Sacristán
|
|
|
EL ELFO ENAMORADO
 Cuenta una historia que el rey de una corte élfica estaba enamorado de Elena, una joven mortal terriblemente bella, pero había un inconveniente a este amor, la joven estaba casada. Durante un tiempo el rey la sedujo sin contemplaciones, hasta lograr convencerla.  La muchacha esperaba el momento de poder escapar con su amante, olvidando los deberes contraídos con su marido. Una noche el rey élfico se presentó a las puertas de su casa: -¿Qué quieres? - preguntó el marido al joven apuesto que golpeaba su puerta. - He pensado que querrías jugar al ajedrez conmigo, me han dicho que no hay jugador mejor que tú en estas tierras. Las falsas adulaciones convencieron al incauto marido, que permitió que aquel hombre entrara en su casa. Jugaron una primera partida y el rey se dejaba ganar.
Viendo que la partida le era favorable a su adversario le propuso una apuesta, quien ganara le regalaba al otro cincuenta de sus mejores caballos, y así lo hicieron. Como era de esperar ganó el mortal, que se alegró de recibir cincuenta corceles de raza. A la noche siguiente de nuevo dos golpes sonaron en la puerta, más rápido corría el infeliz soñando con otra victoria. Comenzó la partida. Primero iban igualados, pero cayó una torre que abría grandes expectativas al mortal. - ¿Hagamos una apuesta? - dijo el rey, y el mortal no podía aguantar la risa creyendo en la ingenuidad de su rival. - De acuerdo. Esta vez la apuesta la hago yo. Quien venza entregará a su adversario cincuenta de sus navíos. - Me parece buena apuesta- dijo el rey élfico. Esta vez trató de aguantar un poco más la partida, pero finalmente dejó caer el rey de sus piezas. Había ganado de nuevo el mortal. Por tercera noche unos nudillos golpeaban la puerta.
- Esta noche vengo por mi revancha. Me he estado entrenando - dijo el rey élfico- quien venza esta noche elige su premio. El hombre no podía caber en sí de gusto. Empieza la partida. Primero parecía que era clara la ventaja del marido, pero una celada inteligente le hizo perder toda ventaja. Caen nuevas piezas, un caballo, un álfil, otro peón. La partida continúa. Pero de pronto, ¡zas! no se lo creía el hombre, su reina caía en una trampa mortal que dejaba solo a su rey.
El hombre sentía rabia de haberse dejado confundir de esa manera. - Bien, has ganado, ¿cuál es tu premio? - Quiero a la mujer que tienes por esposa. Se acercó a ella, la rodeó con sus brazos y desapareció con ella.
|
|
|
LOS DUENDES MALVADOS
Había una vez un grupo de duendes malvados en un bosque, que dedicaban gran parte de su tiempo a burlarse de un pobre viejecito que ya casi no podía moverse, ni ver, ni oir, sin respetar ni su persona ni su edad.  La situación llegó a tal extremo, que el Gran Mago decidió darles una lección, y con un conjuro, sucedió que desde ese momento, cada insulto contra el anciano mejoraba eso mismo en él, y lo empeoraba en el duende que insultaba, pero sin que los duendes se dieran cuenta de ello.  Así, cuanto más llamaban "viejo tonto" al anciano, más joven y lúcido se volvía éste, al tiempo que el duende envejecía y se hacía más tonto. Y con el paso del tiempo, aquellos malvados duendes fueron convirtiéndose en seres horriblemente feos, tontos y torpes sin siquiera saberlo. Finalmente el mago permitió a los duendes ver su verdadero aspecto, y éstos comprobaron aterrados que se habían convertido en las horribles criaturas que hoy conocemos como trolls.  Y tan ocupados como estaban faltando al respeto del anciano, no fueron capaces de descubrir que eran sus propias acciones las que les estaban convirtiendo en unos monstruos, hasta que ya fue demasiado tarde. Idea y enseñanza principal | | |
|---|
| Respetar a los demás no es sólo importante por los demás, sino por el efecto que nuestras obras tienen sobre nosotros mismos |
Autor.. Pedro Pablo Sacristán
|
|
|
EL REGALO MÁGICO DEL CONEJITO POBRE

Hubo una vez en un lugar una época de muchísima sequía y hambre para los animales. Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que le entregó un saco con varias ramitas.“Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes usarlas” El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando en darles buen uso.  Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar.“Dame algo, por favor”, le dijo. El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó como sus padres le enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la dió a la oveja.  Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas.  Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dió a él.  En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde están las ramitas mágicas que te entregué? ¿qué es lo que has hecho con ellas? El conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije que si las usabas bien serían más mágicas?. ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho!
Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que a partir de sus ramitas, ¡¡todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja llena de agua y comida para todos los animales!! Y el conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su generosidad hubiera devuelto la alegría a todos. 
Pedro Pablo Sacristán
|
|
|
UN ÁNGEL DIFERENTE
En el cielo había un ángel que soñaba. Dicho así, podría parecer normal, porque acá en la tierra todos soñamos. Soñar, realmente, parece ser bastante fácil…nos recostamos en cualquier parte…y dormidos o despiertos simplemente nos dejamos llevar por la imaginación.  Habitualmente soñamos con ganarnos la lotería… ¡cuántas veces lo hacemos!... o con tener un carro o una mansión. Nosotros los humanos, siempre estamos soñando. Pero esto no ocurre con los ángeles. Los ángeles solo son ángeles. Esto implica estar ocupados todo el tiempo en los asuntos de Dios y no deben distraerse de tales menesteres. Pero aquél ángel soñaba. Por éste motivo era un ángel diferente. ¿Y qué tipo de cosas podría soñar un ángel?...bueno, nuestro ángel deseaba comer fresas. Ah, porque allá en el cielo los ángeles no necesitan comer. Tampoco les da sed, tienen el agua viva del Señor y la eternidad. Nuestro ángel, sin embargo, no había superado este pequeño detalle que lo hacía distinto a los demás. Él había estado en la tierra de niño como humano. Recordaba con claridad el barrio soleado donde había vivido hasta los doce años. Había sido un muchachito -¡claro!- muy soñador que vendía cambures y mangos a la orilla de una gran autopista donde circulaba mucha gente. Pero en aquél tiempo, él hubiera preferido vender fresas que le parecían mejores.  Las fresas eran rojas, húmedas, jugosas y no se cultivaban en su patio. Siempre le parecieron inaccesibles. Cambures y mangos había en todas partes…eran dulces, sabrosos, si…pero los podía comer todos los días. En cambio las fresas… ¡bueno!... las fresas eran otra cosa.
 Una mañana, vio del otro lado de la autopista un camión, descargando grandes cajas de anime. Resaltaba el color blanco contra el sol y contrastaba su rojo contenido. No podía creerlo, eran fresas. Grandes y hermosas fresas. Tenía que tomar dinero de su venta de mangos para comprarlas. Pero los carros no dejaban de pasar y el camión se iba. Debía darse prisa. Y se hizo una gran oscuridad. Su último recuerdo fue, el billete arrugado en su mano y la suave comodidad de las nubes donde abrió los ojos. Ahora era un ángel supervisor. Estaba encargado de vigilar la oración de los pequeños ángeles de su nube. Y menos mal que éstos eran muy disciplinados, porque le habían evitado muchos malos ratos por descuido.  Y es que por soñar, a veces dejaba pasar errores. Una noche, nuestro ángel soñó que había fresas en la luna. Con los ojos cerrados, saboreó las bellas frutas que eran. tal como las recordaba…rojas, dulces, jugosas. Fueron horas de deleite. Aquellas fresas eran mejores que las del camión de la autopista. Más grandes. Más perfumadas. Y la luna fue perdiendo su forma redondeada. Alarmados, los ángeles que estaban en la fila dispuestos para orar titubearon, vacilaron un instante. Pero El Señor permaneció tranquilo. No importaba que la luna cambiara de forma, también así le gustaba. Su ángel por fin dejaría de soñar y sería totalmente feliz. Él lo amaba tanto que lo perdonaría. Porque Dios, ése Padre Bueno que está en todas partes, desea que nosotros, sus hijos, estemos contentos y sólo nos pide a cambio que confiemos en Él, que seamos fieles a sus mandamientos y mantengamos limpio el corazón. Fue una noche de fiesta. La luna se escondió. Ahora el día, radiante, está iluminado. Si cierras los ojos un instante, podrás oír el canto de oración del angelito que soñaba, diciendo: GLORIA A DIOS.  Susana del Rosal |
|
|
|
EL BOSQUE ENCANTADO
 En un país muy lejano, vivía una niña, llamada Iridessa cuyos padres eran personas muy buenas, el lugar estaba lleno de flores, aromas ricos, mariposas siempre volando, era un lugar lleno de colores mágicos y la alegría estaba en la cara de todos los que allí vivían.  El lugar, llamado Villa Maravillosis, era un bosque encantado lleno de hadas y buenos duendes. Iridessa era una niña hada, que tenía siempre una sonrisa en su cara; todos eran amigos de ella, por su bondad había sido declarada el hada bondadosa de Villa Maravillosis., todos la querían.  Un buen día, algo terrible pasó. Iridessa había desaparecido. Duendes y hadas buscaron por todos lados del bosque, y sus caras que siempre estaban llenas de alegría, se habían transformado en caras de tristeza y preocupación. ¡Cuánto lloraban sus padres y sus amigos! Hasta las mariposas dejaron de volar.  Las flores perdieron su color y Villa Maravillosis se transformó de repente en un lugar lleno de pena. Un duende llamado Sam, que era el duende más inteligente de todos los duendes, tuvo una gran idea.  Se le ocurrió, que toda esta desgracia, ocurría por la envidia de los ogros, principalmente por el gran ogro llamado Otus, que no quería a las hadas porque ocupaban su lugar favorito en el bosque. Otus, siempre pensó, que la mejor manera de echarlos era transformar sus vidas alegres en tristes, y la mejor manera era haciendo desaparecer al hada preferida de laVilla, de esta manera todos abandonarían el lugar y los ogros se apoderarían de él.  En Villa Maravillosis estuvieron de acuerdo con Sam y decidieron tenderles una trampa a los ogros para rescatar a Iridessa. Todos sabían que los ogros siempre se tentaban con los hongos mágicos de las hadas, entonces para lograr atraparlos, principalmente a Otus, pusieron una gran canasta llena de hongos mágicos, pero con un condimento especial preparado por Gertrudis, que era el duende encargado de espantar ogros.  El condimento era una pimienta muy potente que una vez fue traída por una bruja llamada Maruja que no era una mala bruja. Cuando Otus se acercó a la canasta de hongos y se puso a comerlos desesperadamente, comenzó el gran estruendo, estornudos y estornudos sin parar y lo único que pedía era que lo liberaran del hechizo, entonces Gertrudis le dijo que lo liberaría si ellos primero entregaban a Iridessa y prometían no molestarlos más.  Otus que seguía estornudando, prometió no molestarlos y a cambio de que lo liberen de los estornudos molestos, devolvió a Iridessa. Ese día todo el bosque festejó la llegada de su hada bondadosa. Fin  El bosque encantado. Mailén Martín, escritora argentina. Cuento infantil sobre bosques, ogros y brujas
|
|
|
DESDE LA PAZ DEL BOSQUE
En este día lluvioso aquí me siento tan invisible y a salvo como los elfos y las hadas, que adivino que me observan desde la lejanía, tras la frescura de este rincón natural de ensueño, y los cuales me han empujado hasta aquí. Aunque yo no los vea, los siento conmigo y en el recogimiento y la intimidad del instante reverencio su presencia y les envío un beso desde el calor del alma. La lluvia cesa y apacigua el momento. La serenidad se apodera del instante e impregna el espíritu animal y vegetal que me rodea, me abrazara con la luz de su corazón. Las nubes empiezan a deslizarse, a corretear entre la maleza y rozan el suelo casi sin querer. Las tengo enfrente de mí, esponjosas, escurridizas y etéreas y las percibo como una bendición que me infunde armonía y confianza. Es como si el silencio naciera aquí y yo hubiera venido a enraizarme en él.

|
|
|
[eine Seite weiter]
|